lunes, 11 de junio de 2012

YO, TÚ, ÉL, NOSOTROS, VOSOTROS, ELLOS

Un día te levantas por la mañana y el karma, con la excusa de que te está enseñando cosas te pega una patada en la boca de las que hacen historia. De repente, te quedas sin compañeros, sin amigos, sin abrazos, sin besos de por la mañana o de por la tarde o de por la noche,... Así sin más...
Y así sin más, en pleno shock, jamás voy a borrar de mi recuerdo el grupo de gente que nos esperaba en la petanca, sin saber muy bien qué estaba pasando pero allí, como clavos,...
Y tampoco borraré la imagen de la gente llegando por la calle principal en grupos, como activados por un resorte que les había hecho levantarse de la mesa en la que estaban a punto de comer...
Y nosotros allí, veíamos como llegaban oleadas de gente, por la derecha, por la izquierda, por allá al fondo... Como llegaba nuestra gente a abrazarnos, a compartir su indignación, su rabia, su fuerza,...
Erais vosotros, los que nos distéis besos cuando los merecíamos y collejas cuando las merecíamos; los que nos dejasteis al cuidado de vuestros hijos y de vosotros también; los que nos echasteis una mano cuando nos visteis inflando globos y los que nos invitasteis a comer aquel día; los que nos trajisteis un poquito de gazpacho, nos pintasteis un elefante, fuisteis a comprar cola y tela para los pantalones de las niñas, os aprendisteis donde estaban el pegamento de barra y el de contacto, nos invitasteis a vuestros cumpleaños, nos hicisteis tortilla de patatas, os dejasteis pintar todo el cuerpo de azul y vinisteis a ayudarnos cuando la lluvia estaba destrozando el elefante que pintasteis. Los que llenábais el mini-club con vuestras risas y vuestros gritos, os apuntasteis en la lista de benjamines diciendo que teníais seis años y nos trajisteis a vuestros niños cuando nacieron. Los que se pusieron muy contentos cuando cumplieron los cuatro y se convirtieron en benjamines y los que se pusieron casi tan contentos cuando pasaron a ser alevines.
Erais vosotros los que llegabais  por la calle principal a volver a echarnos una mano, o dos, o lo que fuera, o a poner vuestros hombros para que lloráramos.
También tuvimos que poner los nuestros...

Cuando sea viejecita y me vigile de cerca el Alzheimer, este es uno de esos recuerdos que quiero guardar hasta el final.